20 de agosto de 2013

En la casa.

Al fin en casa, nada es tan reconfortante que estar en casa, al parecer mis padres volvieron a salir de viaje, otra vez, y yo con esta hambre, ¡carajo!, ¿que hago?, pero que tonto, ¡el refri!, lo mas seguro es que hayan dejado algo de comer o al menos eso quiero pensar, me dirigo por el pasillo desde mi recámara hasta la cocina, esta casa se ve tan grande cuando no hay nadie, el sol apenas puede entrar, uno que otro rayo logran pasar por espacios en las cortinas, esa luz naranja me dice que ya pronto anochecera, bueno, necesito comer algo, entro a la cocina, tan sola, tan limpia, ordenada y todo en su lugar, este color blanco, lo limpia que esta y el tiempo que ha estado, le da un toque un poco tetrico, no se porque, hasta pareciera un hospital, el recuerdo de un hospital me llega de golpe a la cabeza, pero solo como imagen, al menos comeré algo, abro el refri y la primero que me viene a la cabeza es que no triago ni un sola moneda encima, la recámara de mis padres siempre esta cerrada, y vivo en un vecindario donde no conozco a nadie, ¡CARAJO!, no hay nada que comer, tengo tanta hambre que...jajaja, una mala idea, iré a la recámara de mis padres, quizá olvidaron ponerle seguro, de regreso por el mismo pasillo que me llevo a la cocína, pero ahora unos metros mas, ahora si parece que anochecio, ni una sola luz, ya estoy frente a la puerta, de pequeño me daba un poco de miedo de entrar, recuerdo que mi padre me contaba historias sobre alguien que se escondia en el ropero para cuidar de sus cosas, había dicho que era alguien que el había contratado especialmente para cuidar esa pequeña caja vieja que el abuelo le había regalado días antes de que falleciera, conforme los años pasaron, me dí cuenta de que todo fue una invension y de que ningún adulto cabría dentro de ese pequeño ropero, pero papá me había hecho creer tanto que hasta todavía me hace erizar la piel la idea, hasta que aquel día decidí con fuerzas sobrehumanas, las mismas fuerzas que el morbo te dan para ver cosas desagradables, yo me deje arrastrar para abrir ese ropero, además ya estaba bastante crecidito como para creer las historias de mi padre, logre abrir el ropero que raro me pareció que no tuviera alguna clase de candado, abrí, uno que otro saco, pantalones, camisas y ese olor a humedad resagada, madera vieja al igual que la ropa, ya un poco pasada de moda, bueno, ha lo que iba, ya teniendo el ropero abierto, aun la idea de que estuviera alguien dentro rondaba mi cabeza, tome la caja rápido y corrí al escritorio, la abrí con temor y pensando que es lo que papá guardaba en ella, podrían ser revistas para adulto que guardaba con mucho recelo para aquellos días de soledad, algún objeto de valor que el abuelo le haya regalado hasta fotografías de su infancia, me decidí a abrirla, puse una mano en la tapa y la otra en la esquina derecha para abrirla despacio, presione la manos fuertes, lo suficiente para abrirla de un solo golpe, entonces...
-Deja esa caja donde estaba.
Ni tiempo me tome para voltear, mejor corrí sin voltear detrás, y me metí en mi cuarto, cerre y me escondí bajo la cama, un sentimiento entre culpa y excitación rondaban mi piel, mi corazón palpitaba a mil, de repente, recordé que ese día solo estábamos mamá y yo en casa.